J. Daniel Abrego V. | Cherub: Las Crónicas de Erael



Cansados de la inmutabilidad del Cielo, una decena de ángeles decide probar suerte en el mundo de los humanos. Una vez ahí, su calidad de semidioses fugitivos les ganará algunas recompensas terrenales pero también una gran cantidad de castigos a manos de los ejércitos del Altítismo.

El ritmo narrativo de esta nouvelle, estructurada como un conjunto crónicas donde el argumento finalmente converge en la eterna lucha entre el Bien y el Mal, jamás decae. Detrás del tránsito de los personajes, de su advenimiento y ocaso, se encuentra lo que el antropólogo y mitólogo estadounidense Joseph Campbell llamó el periplo del héroe o monomito. El mismo Campbell extrapola este concepto hacia otras esferas, tales como el estudio de los cuentos de hadas o de la religión.

Como parte del folclore; mitos, cuentos y leyendas han acompañado al hombre en prácticamente todas las culturas. De igual manera, es válido que estos productos de la tradición sean vivificados mediante su reformulación. Haciendo uso de este recurso, el autor de Cherub nos regala una epopeya en que destacan los valores de la humildad y el autoconocimiento, pero también una crítica frontal al dogmatismo y la intolerancia:

«—¡No es justo lo que están haciendo! ¿Por qué amargar la vida de estos adanes que viven pacíficamente? ¿Por qué dejar que un pueblo bárbaro saquee y asesine al otro solo porque cree ser el "elegido"? ¿Por qué acabar con un dios que ama y protege a esta gente?»

« —El fin justifica los medios, Dios justifica al fin, y Dios justifica a Dios…»

Aunque cada pasaje está montado con una prosa atrayente, es particularmente en las escenas de combate donde la escritura de J. Daniel Abrego brilla más, con un estilo que recuerda por su celeridad al manga japonés y a los videojuegos.

Publicado de manera independiente, Cherub es una obra que tiene todo para conectar con el gran público y convertirse en una saga exitosa.

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2016 – Epílogo

Aunque se dice que la mejor recomendación es el gusto personal, también es cierto que algunos tesoros se vuelven más valiosos cuando se comparten. Así pues, a continuación enlisto las lecturas (relecturas, en un par de casos) que me resultaron más plausibles en este 2016.

1.- «Correr con los Keniatas» de Adharanand Finn.
2.- «Kornél Esti: un héroe de su tiempo» de Dezső Kosztolányi.
3.- «Una semana en la nieve» de Emmanuel Carrère.
4.- «Solaris» de Stanisław Lem.
5.- «Plaga de palomas» de Louise Erdrich.
6.- «El hombre del salto» de Don DeLillo.
7.- «Sin sangre» de Alessandro Baricco.
8.- «Sumisión» de Michel Houellebecq.
9.- «Bajo el influjo del cometa» de Jon Bilbao.
10.- «Lo que el cerebro nos dice» de Vilayanur S. Ramachandran.
11.- «Cero K» de Don DeLillo.
12.- «Como una historia de terror» de Jon Bilbao.
13.- «Matadero cinco» de Kurt Vonnegut.

¡Feliz 2017!

La caja

Fue toda una aventura. Aunque se le parece mucho, esta caja no es un cubo.
Puedo presumir que la anterior no es una afirmación sin fundamento. En lugar de dormir, como Dios manda, me he pasado la noche corriendo entre los vértices. Angustiado, yendo y viniendo, igual que un insecto desorientado dando tumbos por el jardín. He viajado por todos los planos y dobleces del cartón corrugado. Áspera o lisa, no hay superficie dentro de este paquete que no haya visitado.
A pesar del cansancio resultante, en esta exploración detecté que las longitudes de al menos un par de aristas no concuerdan con las del resto; además de localizar algunas abolladuras recientes en las esquinas. Por lo tanto repito (que se escuche el redoble de tambores), la caja no es un sólido regular limitado por seis cuadrados iguales. No es un cubo.
Si bien dista de ser un consuelo definitivo, pensar en esta y otras cuestiones igualmente triviales (como tratar de adivinar el color del papel de envoltura, por ejemplo) me libera por algunos minutos de la más honda y agobiante de mis cuitas: ¿Qué soy?
Es natural que una pregunta así sacuda con violencia los cimientos de cualquier ente honorable. La conmoción es mayor en mí. Hallándome perdido dentro de la oscuridad de este embalaje, no me alcanzan las ideas para comprender los pormenores de mi existencia. Los sentidos, armas casi indispensables para este fin, permanecen allá afuera, despiertos en manos y ojos más afortunados.
Al menos sé que no estoy muerto y vivo a la vez, como aquel paradójico y famoso gato imaginario. Por fortuna, no soy el experimento de ningún físico. La conciencia está en mí cual el sueño de un fantasma, tan dispersa y manifiesta como el humo de un incendio cuando se atreve a arropar con volutas a las estrellas. Un misterio insondable pero evidente.
Sospecho que en el exterior, si bien en menor grado, mi tormento es compartido por otros. Al menos por un tiempo. La espera de los regalos y sus destinatarios llegará a su fin muy pronto. Con ello, en pocas horas, la curiosidad de todos quedará satisfecha.
Entretanto, el día sigue avanzando. Las intuiciones ajenas me inventan decenas de formas y contornos. Lanzan adjetivos rimbombantes en tanto, conjeturo, me señalan con el dedo. Especulan fabricando moldes vacíos, cortando trajes a medida de la incertidumbre colectiva.
Hay quien me ve como un balón de futbol, un flamante icosaedro cuyo volumen ha sido truncado para dejarle correr sobre el césped húmedo, mientras huye de dos hordas antagónicas. Emblemas, gritos infantiles, fama y goles; rugiendo entre pentágonos y hexágonos termosellados.
Las hipótesis cambian según la pericia de los ojos y los apetitos de quien mira. El cuerpo mullido de la lista se ensancha hasta dar cobijo a los deseos de cada uno los convidados. 
Desde una consola de videojuegos, un catálogo electrónico de monstruos con carne de píxel amoratado, a un clásico suéter tejido a mano.
Un rompecabezas de mil piezas.
Una fuente de chocolate.
Un ejercitador milagroso.
Un paquete de libros escritos por el reciente ganador del Premio Nobel de Literatura.
Un reloj de péndulo, reemplazo de otro ya olvidado.

¿Quién soy? Quizás la sonrisa de alguien más en la cara del otro. Un secreto, si es auténtico, no debe mirarse en el espejo.

Mientras la coloca bajo el árbol navideño, las paredes de la caja se arquean de manera casi imperceptible bajo la presión de los dedos del abuelo.


Vicente Javier Varas Bucio,

21 de diciembre de 2016.
¡Feliz Navidad!