Severo arte, letra o revés

(Colección de palíndromos de mi autoría). 

1era. parte:

Sane, padre, ya se van. Ana Bolena berrea con el ave. Vale no caer, rebánelo, Banana. ¿Ves?, ayer da penas.

La nota dobla. Ted atrapa el ramo. Omar le aparta de tal boda tonal.

Mi jaula vale más oro, Rosa. Me la valúa Jim.

Yo haré sillas allí. Será hoy.

¡Ay!, ya ni modo, lo domina y ya.

Atora sin roca la cornisa rota.

Satán os acota. Toca sonatas.

Así la poca la mecerá. Pobre va, anímala a lámina, a verbo. Parece mala copa Lisa.

O nadar o maleta lavar. Brava la tela morada, ¿no?

Mil microhistorias y contando… (2)

747.- Y cuando despertó, el enorme dinosaurio morado estaba cantando en el televisor: ♫ «Te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz...»

748.- Y el lobo sopló y sopló hasta que las velitas se apagaron. Pidió un deseo: un costillar de cerdo a la miel.

730.- Aunque el niño tocaba el piano mejor que nadie, el profesor se dirigió tajantemente a sus padres: «Este muchacho no sirve para la música, no malgasten su dinero». La envidia es cruel.

727.- El escultor terminó su obra: la estatua de un ciego pidiendo limosna. Se pondrá a las puertas de la iglesia para ahorrar gastos.

713.- Cuando el inventor acabó de ensamblar a la hermosa Cyborg Pigmalión 6.0, la contempló por varios minutos. Más tarde, decidió borrar una frase del vocabulario de la mujer robot: «No eres tú, soy yo.» 

Un cuadro dentro del cuadro

Edward Hopper, Once A.M., 1926.
Recuerdo la primera vez que la vi.
Era 1984 y el calor del verano acometía con fuerza desmedida. Las circunstancias se dieron y la familia decidió colmar la nueva casa de mi abuelo para celebrarle su cumpleaños.
Mientras los mayores compartían recuerdos en el jardín, un ejército de chiquillos correteábamos sin control en el interior de la vivienda.
De las paredes de la sala principal colgaban los retratos familiares, un antiguo reloj de péndulo y la reproducción de un óleo que aún entonces me pareció fascinante. En él, el pintor había plasmado con maestría a una joven sentada en un sillón, vestida únicamente con un par de zapatos bajos y con la mirada perdida en las fauces de una ventana luminosa. Su rostro se ocultaba casi en su totalidad bajo la espesura de su cabello. Nunca, desde ese día, pude escapar de su enigma; de la indiferencia de sus ojos escondidos.
Pasaron los años y supo ella de la muerte de mi abuelo antes que nadie. Creo que lo vio pasar al otro lado de su ventana.
«Hay un cuadro dentro del cuadro.», decimos mi hijo y yo a coro, aunque mi voz se escuche treinta años antes que la suya.
Cuando camino por la ciudad y veo una ventana abierta en algún edificio, no puedo evitar pensar que quizás ella me observa desde las alturas, prisionera en una torre inalcanzable.

Vicente Javier Varas Bucio, 25 de julio de 2014.



Con este relato participo en el segundo concurso convocado a través de Twitter por @UnusPrimus.