Desayuno




«Termina de darle la papilla al niño», me dijo Lucía antes de salir a toda prisa y darme un beso como recompensa.
Hoy es nuestro día de descanso, día de tomar por asalto el sofá y disfrutar de tres películas. Sin embargo, una de las compañeras de trabajo de mi esposa se ha puesto enferma de repente y tuvo que reemplazarla.
Confesión: Quiero a mi hijo más que a nada en el mundo pero no soy bueno con los niños.
Al convertirse en padres, la mayoría de los hombres comienzan a percibir el mundo como una inmensa juguetería llena de disfraces, tableros multicolores y bloques de mecano. Mi caso es distinto.
Desde mi infancia temprana, mis padres pusieron las cartas del mundo sobre la mesa. Enseñándome a ver la vida sin sentimentalismos. Esforzarse y aprovechar al máximo las oportunidades era lo único importante. Eran inmigrantes. Los recuerdo a ambos con un gesto permanentemente adusto, en el que se intuían las huellas de tiempos difíciles, de secretos fríos e inconfesables, y la domada nostalgia de la patria perdida.
Alimentar a un bebé de ocho meses es todo un reto. Manotean sin control y escupen la comida en todas direcciones. Esta vez sólo pude colocarle un par de cucharadas en la boca antes de que mi paciencia se esfumara. Haciendo  más evidente mi derrota, empecé a engullir el resto de la papilla. El tímido sabor a zanahoria y lentejas fue trepando por el paladar y la faringe hasta detenerse en un lugar más blando. Un instinto escondido, quizá atávico, que me obligó a cerrar herméticamente los párpados.
Vi a mi padre, pleno de juventud e inexperiencia, tratando de zamparme una cuchara entre los labios. Lo vi también torcer los ojos —en un estrabismo simulado—, inflar las mejillas y croar como las ranas; alborotarse el cabello y tirarse de las orejas con violencia. Todo por hacerme reír, viejo tramposo. Hoy, muchos años después, me has hecho llorar con tu comedia. Te extraño más que nunca, papá. Abro los ojos y el mundo es una inmensa juguetería.

Vicente Javier Varas Bucio,
20 de marzo de 2014.

Línea transversal

Línea transversal - Wassily Kandinsky (1923)

Viaja la geometría del universo, desbocándose, abriéndose paso entre el color y las miradas distraídas. Viene por mí. «Eres bueno en matemáticas», me dijo, y selló mi destino para siempre.
Alejandra tiene la cara cuadrada desde entonces, la tristeza divide su cuerpo en diagonal cuando recuerda. La batalla de sus ojos contra la velocidad de la luz y la distancia explotando desde un punto.
Guardo las ecuaciones para otro día. Abro la ventana. Los copos de nieve han dejado de caer.

Vladimir Nabokov | La defensa


Algunas personas pueden saborear colores, ver sonidos, oír formas o palpar fragancias. En estos casos los sentidos, tal como los conocemos, se mezclan entre sí. Todos los anteriores son ejemplos de sinestesia. La sinestesia es una condición médica en la cual la estimulación de un sentido resulta en la percepción adicional de otra información sensorial. Vladimir Nabokov asociaba cada letra del alfabeto con un color determinado.
Aparte de su enorme talento como escritor, Nabokov era un ajedrecista consumado; siendo además diseñador de problemas de esta disciplina, afición que alternaba con otra igualmente curiosa: coleccionar mariposas (el género Nabokovia fue nombrado en su honor).
En «La defensa», Nabokov narra la asombrosa historia de la obsesión y locura de Luzhin. Siendo un niño, Luzhin era desaliñado, retraído y hosco; convirtiéndose así en el blanco predilecto de las burlas de sus compañeros de clase. El desconcierto de sus padres se traduce en desinterés y el aislamiento de Luzhin se hace mayor. Las circunstancias cambian cuando él descubre en el ajedrez, el cual aprende a escondidas de su padre, un refugio para escapar de la vida cotidiana. Gracias a su talento innato y la aparición de un mentor dominante, con el paso de los años consigue la categoría de gran maestro del ajedrez.
El problema surge cuando en la mente de Luzhin, el ajedrez llega a suplantar la realidad. Comienza a detectar (¿o a imaginar?) signos y patrones recurrentes en su vida.
A medida que su obsesión por el ajedrez crece, la salud de Luzhin se torna cada vez más vulnerable. Mientras tanto, se involucra sentimentalmente con una joven compasiva que padecerá junto con él las consecuencias de su alienación.
El potencial de la no existencia del libre albedrío es el origen de la tragedia de la novela. Luzhin se cuestiona si es él el director del tablero de ajedrez de su propia existencia, o por el contrario, es el peón de la de otro.
Las experiencias del propio Nabokov con la sinestesia le permiten describir magistralmente un estado mental donde la confusión de sensaciones predomina. Por ejemplo, la partida de Luzhin con el gran maestro italiano Turati:
«Por fin Turati se decidió por una determinada combinación, y en seguida una especie de tempestad musical recorrió el tablero, y Luzhin buscó empecinadamente una mínima nota clara que pudiera transformar a su vez en una estruendosa armonía».
Con esta temprana obra maestra, escrita cuando el autor tenía solamente 30 años, se confirma el status de Nabokov como uno de los escritores más importantes del siglo XX.